Trazando el rumbo

Un viaje de diez mil kilómetros empieza por un solo paso.

Proverbio chino.

Este blog pretende dejar claro ante todo que un turista y un viajero nada tienen en común. Podríamos definir a ambos de muchas formas, pero lo esencial es que siguen caminos muy diferentes, que nunca se cruzan.

A lo largo de la historia han coexistido los dos, aunque la especie turística despuntó en el siglo XIX. Ya entonces intentaron conducirlos hacia objetivos concretos, y en ello reside su condición: el turista nunca tendrá libertad de movimientos.  Para conocer mejor su evolución, debemos hacer un poco de historia.

En los siglos XVII y XVIII, el la actividad turística surgió como una experiencia cultural y educativa de las clases acomodadas. Se dirigió hacia el espacio central europeo (Holanda, Valle del Rhin, Milán, Venecia, Florencia,  Roma, Nápoles, Alpes, París). La creciente afición al deporte y la recreación de las clases medias europeas caracterizaron el siglo siguiente, en el que el turismo se orientó hacia lugares con interés natural y paisajístico.

Entre los siglos XIX y XX comenzaron  a desarrollarse las periferias en la costa y la montaña. El fenómeno de la Revolución Industrial, con las consiguientes mejoras en los sistemas de transporte y comunicaciones , sobre todo en las conexiones ferroviarias, dirigieron el flujo turístico hacia las regiones más pobladas e industrializadas (Mar del Norte, Atlántico, Alpes y Pirineos).

Los comienzos del esquí tuvieron lugar en los Alpes, y estuvieron muy vinculados a  los intereses de importantes compañías de ferrocarriles, que promovieron y financiaron el equipamiento hostelero de las primeras estaciones de los años 30.

El turismo de masas en Europa fue un fenómeno generalizado, que surgió en el período de reconstrucción posterior a la II Guerra Mundial. Los obreros empezaban a mejorar su condición de masa proletaria empobrecida, y el aumento de la productividad en el trabajo generaba un aumento del salario y una disminución del tiempo de trabajo, con más tiempo libre. A partir de los años 50, la maquinaria capitalista decide invertir en la construcción de espacios turísticos estandarizados, para que las ganancias de esos nuevos obreros generen beneficios. Para ello les ofrecen modos de disfrutar de sus vacaciones a medida de sus necesidades. Se crean así los llamados destinos heliotrópicos y balneotrópicos, que prometen relax y sol en abundancia. El Mediterráneo se convierte en espacio principal de la dinámica turística de masas, creándose numerosos balnearios y otros núcleos vinculados a los flujos procedentes de países del norte, donde el turismo ha entrado en decadencia.

El resultado han sido amplios procesos específicos de degradación ambiental, con destrucción de las formas de paisaje natural y la consiguiente pérdida de hábitats y de biodiversidad.

Ya en la actualidad, y dentro de lo que conocemos como sociedad postindustrial han sabido potenciarse nuevos atractivos: los deportes de invierno derivan el flujo turístico hacia las montañas alpinas, mientras que los amantes de la ecología se acogen al modelo rural, que ofrece aire puro y calidad escénica. Las costas mediterráneas siguen siendo el destino turístico más importante del mundo, con el 35% de los flujos mundiales de turismo internacional. Incluso las ciudades han sabido fomentar su patrimonio, atrayendo durante todo el año a los amantes del turismo histórico y cultural.

Hasta aquí, hemos diferenciado dos clases de viajeros. Unos son los que buscan yacer bajo el sol y bailar frenéticamente en las discotecas durante los días y las noches estivales. Luego están aquellos que se definen como aventureros, pero que siempre se amoldan a la oferta de moda de agencias que les ofrecen actividades tan sugerentes como senderismo, trekking o rafting. Con todo guiado y calculado, de principio a fin.

En cuanto a los viajes, también se adaptan perfectamente a estas tipologías. No es necesario citar los packs  de cruceros por el Nilo, con múltiples paradas en templos y tumbas, más cortas que el tiempo que permanece un tren en una estación de metro. En ellos verás de todo menos Egipto, y nada conocerás de su milenaria historia. Eso sí, podrás añadir un vistoso álbum de fotos  a tu estantería. Luego está el recorrido, igualmente vertiginoso por los museos de Italia o el Caribe, que nos garantiza el sol y la sombra  de las palmeras, es decir, el paraíso del oso perezoso.

Pero los viajeros son otra cosa. Ante todo, son libres, y la sola mención de un viaje organizado les espanta. Con ellos, retrocedemos muchos siglos en la Historia, para encontrarnos con los pioneros de la exploración.

Heródoto, Marco Polo, Colón o Amundsen  siguieron su propia ruta, y fueron allí donde no sabían qué iban a encontrar. Estos son mis favoritos, y tienen mucho que contarnos. Por ello, en esta bitácora de viaje, comenzaremos hablando de lugares que no figuran en los repertorios de ningún operador turístico. Lugares marcados por una batalla, un suceso drástico o un cambio de frontera.  La mayoría están sumidos en el completo abandono o se hallan en los confines de la latitud, pero siguen impregnados de magia, como puertas abiertas a la fantasía de poetas, escritores o, simplemente, viajeros.

Lugares que dejan huella

 
Isla de Wight


Grao Viejo de Sagunto

La torre de Londres

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