España

Grau Vell de Sagunto

Cuando escuchamos hablar de viajeros en el tiempo, imaginamos aeronaves desplazándose a velocidades próximas a la de la luz. Y cuando se produce algún desastre ecológico, pensamos que  los polígonos industriales son hervideros de polución. Nunca los relacionaríamos con un oasis de paz y aire limpio, y menos aún con viajes al pasado.  Conectar ambas cosas parece una propuesta disparatada, pero yo digo que puede hacerse.

Pocos lo conocen ni saben cómo llegar, pero el Grao Viejo existe. Está situado apenas a 5 kms. de la antigua ciudad industrial del Puerto de Sagunto, y a menos de 30 kms. de Valencia.

Entrada al Grao Vell de Sagunto

Cuando los Altos Hornos funcionaban a pleno rendimiento, algunos de sus obreros decidieron asentarse en las inmediaciones de las fábricas, y construyeron piedra a piedra un pequeño poblado junto al mar. A mí me recuerda a Humberstone, el famoso pueblo de los obreros pampinos que extraían salitre. Aunque ambién guarda gran parecido con los pueblos del salvaje oeste americano. Aquellos donde Pancho Villa y Emiliano Zapata lucharon y murieron por su causa, con cantinas y vallas de troncos donde los cow boys ataban sus monturas. Con su calle larga y única, donde los villanos se las veían a tiros con el sheriff mientras la gente se atrincheraba en sus casas.

El Grao Viejo tiene identidad propia y parece extraído del baúl de un cineasta. Les propongo conocerlo un poco. El recorrido será corto,  pero nos impregnará con la dorada luz de los siglos.

Esta pequeña aldea de obreros y pescadores se sitúa, como dijimos, en los terrenos adyacentes a la fábrica de hormigón y la siderúrgica, cuyas chimeneas aún desprenden humo. Ubicado en tierra de nadie, y protegido de los depredadores urbanísticos por pertenecer, teóricamente, a la Dirección de Costas. Limita al este con el Mediterráneo, y al oeste con la llanura agrícola que separa el litoral de las serranías más próximas. El monte Picayo remata el paisaje hacia el interior, y el cerro saguntino se alza como telón de fondo. Lo demás son cañaverales, marjales y huertos, preservados de forma paradójica por un aislamiento que todo se lo debe a la actividad industrial.

Comenzamos nuestro itinerario pasando junto a un árbol centenario, a la entrada del pueblo. A la derecha tenemos el torreón, vestido con su capa de hiedra. Nos anuncia el linaje milenario del que fuera el puerto romano más próspero de Iberia.

El Fortín o Torre del Grau Vell de Sagunto es un conjunto defensivo compuesto de varias construcciones: torre, batería, almacenes y patio cercado. Se cree que perteneció al sistema de defensa costero del Grao de Sagunto. El edificio es cuadrangular, con una batería fortificada construida en 1781, sobre la que puede verse un escudo borbónico.

Próximo al núcleo urbano del Grao Viejo, en dirección norte, se encuentra el yacimiento arqueológico de igual nombre, con vestigios cerámicos y metálicos fechados desde el siglo V a.C y relacionados con el puerto prerromano de la ciudad. Está considerado Bien de Interés Cultural con la categoría de Monumento.

Según palabras del cronista  Chabret : “En el consejo del 30 de agosto de 1607, se acordó la construcción de algunos almacenes en el Grao de Murviedro, formándose una línea de casas junto a la torre que allí existía, y cuyas obras de muros solidísimos podrían resistir la embestida de los piratas que todavía visitaban nuestra playas“. En el dintel del almacén, situado a escasos metros al Norte del torreón se lee la fecha de 1711.

Al frente vemos la única calle de la aldea, cuyo nombre es Levante. A ambos lados hay apenas una treintena de casitas que parecen de muñecas. En el número 15 está el bar; aquí es donde por arte de magia nos trasladamos a ese momento impreciso del pasado donde conviven el rudo oeste americano, el Paso mexicano y el solitario recuerdo de Humberstone, la legendaria salitrera de Atacama. El aire aún huele a pólvora, pero la de los cohetes disparados en las fiestas patronales de julio.

auténticas panteras que cambiaron la sabana por el arbusto mediterráneo. El suelo es de cemento, y hay pósters de artistas del siglo XX sobre las paredes desconchadas. También leña apilada y cajas de botellas. Ya dentro del bar, lo primero que nos llama la atención es la cafetera, una Gaggia a gas butano que hace el mejor café que he probado nunca. Garantizo que es cierto. Su sabor puro y amargo, sin artificios, es realmente exquisito. Merece la pena llegar hasta aquí solo por saborearlo.

 

Frente al merendero está la iglesia. Construida por los propios lugareños, no tiene cura ni misa dominical, pero sí una imagen de Santa Gema, donada por los fieles, y otra de la Virgen del Buen Suceso, a quien está consagrado este pequeño santuario. Hay mucha paz en su interior.

Tras el torreón encontramos un patio que contiene un poco de todo lo inventado en la historia.  Pegada a la pared de la torre hay una chimenea donde debieron asarse suculentos festines. Detrás están los cobertizos para guardar barcas y trastos de toda índole. Otro pozo blanco, de aquellos que bien conocieron nuestros abuelos, con su polea oxidada y un cubo que es ya pieza de museo por derecho propio. Hermosas plantas con flores en forma de campana terminan de alegrarnos la vista, y nos dicen que, pese al silencio y a la soledad del rincón, alguien pasa y las riega de vez en cuando.

Al otro lado de la calle, un chalecito con una curiosa valla de piedra blanqueada nos invita a mirar por sus agujeros. Bajo el tejado del patio -que es de chapa, como casi todos-, hay un banco pintado de azul y una mesa con un tapete a cuadros de colores. Un sombrero de paja cuelga con pinzas del cable de tender. ¿Desde cuándo? No importa. El tiempo aquí, nunca se tuvo en cuenta.

El porche junto al torreón, justo al empezar la calle, es el rincón perfecto para la siesta de verano. Y aunque aún es primavera, no falta el sofá con sus almohadones ni la manta, por si refresca.

La casita número 3 sí que es de muñecas. Su fachada apenas medirá 2 m. y los que sean altos, aquí no tienen paso. Parece el hogar de Blancanieves ¿o más bien el de los enanitos? En el número 20, frente al bar, siempre verás a un gato en la puerta. Si le ofreces algo comestible acudirá a recibirte cuando vuelvas, y hará su papel de anfitrión.

Al lado está la Escuela Nacional “Grau Vell” de Sagunto. Es el edificio más alto del pueblo, aunque sólo tiene dos pisos. Unos 10 ó 15 niños debieron sentarse en sus pupitres, que aún estarán apilados en alguna parte. Ahora está cerrada y silenciosa, pero las ventanas de arriba tienen visillos, y en verano los festeros la convierten en improvisado hotel, con una manguera que trae agua del pozo.

Escuela del Grau Vell (fuera de uso)

Atardece. Es hora de mirar hacia  el horizonte y dejar que nuestras ensoñaciones vuelen cual gaviotas entre la  vastedad del mar y la del cielo.

Salimos del Grao para visitar el Marjal del Moro, un espacio protegido que se encuentra a pocos minutos caminando por la línea de costa. Otra opción es contemplar la puesta de sol tras las sierras vecinas. El tapiz del valle, con su despliegue de cañaverales y palmeras, va volviéndose ceniciento mientras el crepúsculo corona a las nubes con fuego.

Cae la noche, y no hay tiempo de más.  No importa. A lugares como éste siempre se vuelve.

29-III-2012

 

Relato seleccionado en el I Concurso de Historias Breves “El mar y sus gentes” (2014), convocado por la Asociación Letras con Arte.

Un pueblo del Mare Nostrum

Pocos lo conocen ni saben cómo llegar, pero el Grao Viejo existe. Bajo las aguas, las ánforas guardan secretos del que fuera el puerto romano más próspero de Iberia.

Un gran árbol y un torreón centenario flanquean la entrada. Al frente, discurre la única calle de la aldea. Apenas cuenta con una treintena de casas, construidas piedra a piedra por los pescadores. En el número 15 está el merendero, regentado por una brava pareja de ancianos. Sus corazones de niño miran al mar y le sonríen. También cuidan de la pequeña iglesia, que no tiene cura ni nadie que toque su campana. El encuentro con Dios es así de sencillo.

Más allá descubrimos un chalecito. Bajo el sombrajo del patio hay un banco pintado de azul, y una mesa con un tapete a cuadros de colores. Un sombrero de paja cuelga con pinzas del tendedero. ¿Desde cuándo? No importa. El tiempo aquí nunca se tuvo en cuenta.

Atardece. El tío Antonio ya no lanza su caña de pescar contra la niebla. Un día se fue mar adentro y sus sueños se convirtieron en gaviotas.

Nos despedimos del Grao, sabiendo que volveremos pronto.

 

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Un pensamiento en “España

  1. Yo voy todos los veranos a pasar el día en sus playas, y es un lugar tranquilo y digno de ver!! Preciosos días he pasado , junto a la familia amigos y mis perritas.

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